¿Por qué el cristiano ha de servir?

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P. Pegueros: “Por qué el cristiano ha de servir?... ¿Este servir cristiano nos lleva de verdad a la alegría y la felicidad?... ¿A quién y cómo hemos de servir?... Gracias por su servicio…”

Luis Amezcua Loza (Puruándiro, Mich.)

Hay un pasaje muy interesante del Evangelio de San Marcos (10, 32- 45). Jesús camina con sus discípulos a Jerusalén, les anuncia con claridad, por tercera vez, su Pasión, Muerte y Resurrección. La búsqueda de poder, de bienestar y de prestigio de sus discípulos choca repetidamente con la lógica de su Maestro, según el cual el Reino es servicio y el que quiera ser el primero debe servir a todos los demás.

Usa la comparación de lo que sucede con los jefes de las naciones que las gobiernan como si fueran sus dueños, lo que no debe de ocurrir entre ellos. La discusión culmina con una afirmación muy importante: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la propia vida por la salvación de muchos”.

Surge así la figura del Siervo de Yahvé, anunciado por Isaías (42, 1-9), el Profeta por excelencia enviado por el Padre, obediente a Dios, humillado y perseguido a causa de su fidelidad. Jesús se identifica con este Mesías-Siervo que seguirá ofreciéndose al Padre, cada día en cada Misa que celebramos.

Todo bautizado ha de tratar de configurar su vida con el ejemplo de Jesucristo, que se comportó como servidor; es lo que significa cristiano, seguidor de Cristo que vino a librarnos del pecado y especialmente de la sed de poder.

Rabindranath Tagore, poeta y filósofo de la India, escribió: “Soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría”. Él pudo entender que en el servicio se encuentra la felicidad, en el darse uno a los demás.

No se trata nunca de servir por servir, sino de servir como una expresión constante del amor que Cristo nos enseñó: El primer mandamiento es este, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. El segundo es semejante a éste, amarás a tu prójimo como yo los he amado.

A quien hemos de servir principalmente es a Dios: al Padre lleno de amor, creador de todo, a Cristo nuestro Salvador que vino para pagar por nuestros pecados y al Espíritu Santo que santifica nuestras vidas conservándonos en el amor.

Y hemos de servir al prójimo (al próximo). Esto es ya más difícil, pero seríamos unos mentirosos si decimos que amamos a Dios, a quién no vemos, si antes no amamos al prójimo a quién vemos. El servir implica salir de uno mismo, lo que a todos nos cuesta trabajo. Lo más natural es dejar que los demás nos sirvan a nosotros.

Hemos de invocar al Espíritu Santo, el único que puede colmar la distancia tan grande que existe entre el corazón de Cristo y nuestro pobre corazón. Y también a María que respondió confiada: “¡He aquí la esclava del Señor!”