¿Cómo amar a nuestros enemigos?

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P. Pegueros: “¿Cómo amar a nuestros enemigos?... ¿Cuál es el sentido de este mandato de Jesús?... ¿Por qué nos pide un amor que va más allá de nuestras fuerzas?... gracias…”

Cipriano Flores Piña (Morelia).

“Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues Yo les digo: Amen a sus enemigos, oren por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre del Cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,43-45). El mandato de Jesús para todos los cristianos es muy duro, pero muy claro. Cristo espera que sus seguidores superen las leyes del Antiguo Testamento. Nos invita a su Nuevo Pueblo, a vivir de una manera nueva, en la cual el amor generoso del Padre debe ser nuestro modelo principal.

Esta expresión es parte del discurso con el que Jesús empezó su predicación, que comienza con las famosas “Bienaventuranzas”. Lo pronunció en Galilea, al inicio de su vida pública. Es casi una “manifiesto” presentado a todos, sobre el cual pide la adhesión de sus discípulos, proponiéndoles en términos radicales su modelo de vida.

El mismo Cristo nos da el ejemplo: sus primeras palabras, estando ya crucificado, fueron: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Los mártires de todos los tiempos, desde el primero, que fue San Esteban, morirán rezando por sus enemigos.

En realidad, la propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo de entonces y especialmente en el nuestro, hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de Dios: es su misericordia infinita, que se ha hecho carne en Jesús y es la única que puede “desequilibrar” el mundo del mal hacia el bien, a partir del pequeño y decisivo “mundo”, que es el corazón del hombre.

Con mucha razón esta página del Evangelio se considera la Carta Magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal –según aquella falsa interpretación de “presentar la otra mejilla”–, sino en responder al mal con el bien, según enseña San Pablo: “A nadie devuelvan mal por mal… No hagan justicia por ustedes mismos, dejen que Dios sea el que castigue… Pero si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber, así le sacarás los colores de la cara. No te dejes vencer por el mal; por el contrario, vence el mal haciendo el bien” (Rom 12,17-21).

Ésta es la única manera de romper la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar al mal únicamente con las armas del amor y de la verdad.

El amor a los enemigos constituye el centro de la verdadera revolución cristiana, de la revolución del amor.