¿En qué sentido la Iglesia es Santa?

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P. Pegueros: “¿En qué sentido la Iglesia es Santa?... ¿No hay demasiados escándalos en todos los sectores de la Iglesia?... ¿No se dice que la Iglesia es el Pueblo Santo de Dios?...

Dios le pague…”

(Grupo juvenil parroquial.)

Todo el Antiguo Testamento es testigo de que Dios, en su misericordia infinita, elige un pueblo entre todas las naciones de la tierra, el Pueblo de los israelitas, al cual llama Pueblo Santo de Dios. Con él hace una Alianza y lo hace objeto de sus revelaciones.

El Nuevo Testamento nos enseña que la Iglesia (que significa asamblea) es ahora el Nuevo Pueblo de Dios, pueblo en el que sus miembros, por el Bautismo, nos convertimos, en Cristo y por Cristo, en asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de reyes.

La Iglesia fundada por Cristo se llama Pueblo Santo de Dios porque su cabeza es Cristo y Él nos une a Sí mismo y nos llena de vida nueva con el don de su Espíritu Santo; nos regenera constantemente con su Palabra y con sus Sacramentos; nos comunica la fuerza del amor verdadero, haciéndonos participar de la vida misma de Dios, que es amor y nos hace capaces de practicar la nueva justicia, enseñada por Jesús en las Bienaventuranzas.

Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, que consiste en la perfección de la caridad. No se trata simplemente de una exhortación o de un deber, sino de “una inseparable exigencia del misterio de la Iglesia” (San Juan Pablo II), y de un ofrecimiento real y posible a todos los fieles de cualquier condición. De hecho, muchos cristianos de todas las épocas han vivido, con todas fuerzas, el amor a Dios y el amor al prójimo.

Encontramos cristianos que llegan al heroísmo, entre ellos algunos son declarados Santos por sus virtudes heroicas. Florecen por todos los rincones de la Tierra comunidades fervorosas y multitud de obras de promoción humana. Se desarrollan acciones constantes para defender la dignidad de la persona y de sus derechos fundamentales. Se trabaja por la reconciliación y la paz.

Sin embargo, la Iglesia incluye también a los pecadores: “Es santa y al mismo tiempo está necesitada de purificación”, dice el Vaticano II. Jesús explicó esta situación con la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30). La mala hierba parecida al trigo crece junto con el buen grano. Así, ya desde las primeras comunidades fundadas por los Apóstoles: las mentiras de Ananías y su esposa en Jerusalén; los que se oponían a recibir paganos; las divisiones en Corinto, inclusive un caso de incesto. A través de todos los siglos, la Iglesia ha padecido corrupción, violencia, ambición, sed de poder y de riquezas, discriminaciones, intolerancia, cismas, herejías.

Los escándalos que sacuden con frecuencia a la Iglesia nos deben entristecer, pero no deben desanimarnos ni sorprendernos. La Iglesia se compone de personas humanas, débiles y frágiles. Y dentro de cada uno de nosotros hay cizaña, lo cual debería alejarnos de señalar a los demás.

Hemos de luchar para promover la santidad, la justicia y la paz. Cristo no abandona nunca a su Iglesia