14y15 1de1 4Obispo y doctor († 1274)

San Buenaventura —Juan de Fidanza— nació en Bañorea (Bagnoreggio), pequeña ciudad italiana en las cercanías de Viterbo. Un hecho milagroso ilumina su niñez como preanuncio de lo que sería su vida. Estando gravemente enfermo, su atribulada madre lo encomendó y consagró a San Francisco de Asís, por cuya intercesión y méritos recuperó la salud. Llegado a los umbrales de la juventud, se afilió a la Orden fundada por su bienhechor, atraído, según el mismo santo confiesa, por el hermoso maridaje que entre la sencillez evangélica y la ciencia veía resplandecer en la Orden franciscana.

En las aulas de la Universidad de París, a la sazón lumbrera del saber, escuchó las lecciones de los mejores maestros de la época, a la vez que atendía con ardoroso empeño a su formación espiritual en la escuela del «pobrecillo de Asís». Sus bellas cualidades de mente y corazón, perfeccionadas por la gracia, le atrajeron la simpatía y admiración de sus maestros y condiscípulos. Alejandro de Hales decía que parecía no haber pecado Adán en Buenaventura. Durante un decenio enseñó en París con aplauso unánime. Y, cuando apenas contaba treinta y seis años, la Orden, reunida en Roma en Capítulo, lo eligió por su Ministro General el 2 de febrero de 1257.

A lo largo de dieciocho años viajará incansable a través de Francia e Italia, llegando a Alemania por el Norte, y por el Sur a España; celebrará Capítulos Generales y Provinciales y proveerá con clarividencia a las necesidades de la Orden, para entonces extendida por todo el mundo antiguo conocido, en cuanto a la legislación y a los estudios, y sobre todo en cuanto a la observancia de la regla, para la que señaló el justo término medio, equidistante del rigorismo intransigente y de la relajación condenable.

Sus normas de gobierno son en lo substancial válidas aún hoy, después de siete siglos. Con toda razón puede llamársele en cierto sentido el segundo fundador de la Orden de Francisco de Asís, del que escribió, a petición de los frailes, una biografía, modelo en el género por la serenidad crítica, amor filial y arte literario que la hermosean.

Predicaba con frecuencia impulsado de su celo por el bien de las almas. Papas y reyes, como San Luis, Rey de Francia, universidades, corporaciones eclesiásticas y especialmente comunidades religiosas de ambos sexos eran sus auditorios. Los Papas lo distinguieron con su aprecio, consultándole en cuestiones graves del gobierno de la Iglesia. Gregorio X, que por consejo del santo había sido elevado al Sumo Pontificado, lo nombró cardenal, lo consagró obispo él mismo y lo retuvo a su lado para preparar el Segundo Concilio Ecuménico de Lyón, en el que el Seráfico Doctor dirigió los debates y por su mano se realizó la unión de los griegos disidentes a la Iglesia de Roma. Fue el remate glorioso de una vida consagrada al bien de la Iglesia y de su Orden. Pocos días después, el 15 de julio de 1274, entregaba a Dios su bendita alma en medio de la consternación y tristeza del concilio, que se había dejado ganar por el irresistible encanto de su personalidad y por la santidad de su vida. El Papa mandó —caso único en la historia— que todos los sacerdotes del mundo dijeran una misa por su alma.